El miedo es una reacción natural que debemos entender y superar. Vencer nuestros miedos es darnos la oportunidad de ser verdaderamente libres; de crecer como profesionales, y sobre todo como personas.

El miedo es una emoción provocada por la percepción de un peligro real o imaginario, en relación al presente, futuro o incluso al pasado. Esta emoción deriva en un sentimiento intenso de rechazo o aversión que puede expresarse de diferentes modos según sus grados de intensidad. Algunas de sus manifestaciones son: estrés, angustia, temor, fobia, pavor, pánico, terror.

El miedo se desata en el cerebro; en el sistema límbico. Este sistema es el que regula nuestras emociones y en general de todas las funciones de conservación del individuo y de la especie, revisando de manera continua mediante la amígdala cerebral, los inputs que recibe gracias a los sentidos. Es la amígdala quien se encarga de localizar la fuente del peligro, y cuando se activa provoca la sensación de miedo. Esta sensación que recibimos tras ese proceso, nos prepara para la huida, para la lucha, o nos paraliza.

Es por ello que el miedo produce inmediatos cambios fisiológicos, cuyo objetivo es la evitación del dolor y la supervivencia. Cuando el miedo ocurre, se incrementa el metabolismo celular, aumenta la presión arterial, la glucosa en sangre y la actividad cerebral, así como la capacidad de coagulación sanguínea por si hubiera un accidente. Las funciones identificadas como no esenciales se detienen, el corazón bombea sangre a gran velocidad para llevar hormonas como la adrenalina, a las células, fluyendo hacia los músculos mayores y fundamentalmente hacia el tren inferior por si hay que huir. A su vez se producen importantes modificaciones en el rostro: los ojos se agrandan lo que permite mejorar la visión; las pupilas se dilatan lo que facilita la admisión de luz, y la frente se arruga y los labios se estiran en un gesto característico.

En definitiva, el miedo, como el amor, la tristeza o la alegría forma parte de nuestras vidas. Acaso, ¿existe alguien que no tenga miedo?. Si no tuviera miedo significaría que no estoy vivo: que no sueño, que no emprendo, que no arriesgo, que no lucho, que no amo, que no siento, que me muero. Porque escucho al miedo soñando, emprendiendo, arriesgando, luchando, amando y sintiendo. Pero soñar, sentir, emprender, arriesgar, luchar, amar y sentir, son placeres de la vida a los que no quiero renunciar. En realidad, me dan la vida.

Vivir sin miedo es lo mismo que vivir sin amor; sencillamente algo imposible. Si alguien pudiera vivir sin miedo, probablemente se moriría. Gracias al miedo estamos vivos, y no tanto en el sentido literal de la palabra, que también, como en el filosófico. Decimos que el miedo nos prepara para sobrevivir, pero yo no estoy de acuerdo del todo. El miedo nos hace prepararnos para eso y para mucho más. Nos prepara para vivir: para afrontar con éxito situaciones que de otra manera estarían abocadas al fracaso; para experimentar; para hacer, para sentir… Quien aprende a vencer sus miedos gana años y calidad de vida. Quien aprende a vencer sus miedos aprovecha mejor las oportunidades, o las crea. Quien aprende a vencer sus miedos, crece más como persona y como profesional. Quien aprende a vencer sus miedos es más feliz y competente. Quien aprende a vencer sus miedos, es un ser libre; libre de verdad.

Lo bien cierto es que para vencer al miedo, hay que convencerlo. Al fin y al cabo debemos ver al miedo como un aliado. Como ese amigo que ante una situación que entiende peligrosa –aunque no tiene porque serlo en realidad- te susurra al oído que la evites, que no la afrontes, que te marches… ¡Escúchale y dale las gracias!. Y después analiza y racionaliza la situación: busca información, recuerda cuales son tus talentos y competencias, y sobre todo, no des lugar a la imaginación. Cuando la razón y la imaginación entran en conflicto, siempre gana la imaginación. Es entonces cuando visualizamos lo peor, muy probablemente de forma irracionalmente magnificada, aun cuando no exista fundamento alguno en la mayoría de las ocasiones. Piensa en esto: ¿cuántas situaciones de peligro real has vivido?. Seguramente pocas. ¿En cuántas situaciones has sentido miedo?. Seguramente en muchas.

Y es que el miedo provoca en demasiadas ocasiones que la situación que tememos se dé: que la profecía se cumpla. Por eso es importante entender por qué sucede, y superarlo. Quien no supera su miedo al fracaso, fracasa. Quien no supera su miedo al que dirán, cuando digan de él se avergonzará. Quien no supera su miedo a la pérdida de poder, terminará por perderlo. Quien no supera su miedo a caer, caerá. Porque superar tus miedos, es desplegar todo tu abanico de competencias, y donde hay competencia no debe haber miedo ¡jamás!, ¡JAMÁS!.

Algunas de mis reflexiones sobre el miedo son:

—Al miedo hay que mirarle a la cara, y escucharle; en cualquier caso nos está invitando a la prudencia.

—Es absurdo tenerle miedo al miedo; deberíamos de estarle agradecidos.

—El miedo te habla al oído para recordarte que algo malo puede suceder. Sólo tienes que pararte un poco, racionalizar el asunto, y en su caso darle las gracias y seguir adelante.

—Al miedo se le debe hacer frente con información y raciocinio.

—Al miedo no se le vence, se le convence.

—No es  peligroso tener miedo, lo realmente peligroso es darle la espalda; podrías convertirte en un incauto o peor aún, en un ingenuo.

—El miedo sólo se apodera de quien no logra mirarle directamente a los ojos.

—El mejor aliado del miedo es la imaginación; el peor, la razón.

—Someterte al miedo es dejar de ser libre.

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