Una visión muy particular de la empresa, como un espacio de crecimiento profesional y personal, en los que el camino, y no la meta en sí misma, es el punto de encuentro entre los intereses organizacionales y personales; y el amor en mayúscula, el soporte del compromiso

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Concibo a las organizaciones como espacios de crecimiento profesional y personal, en los que el camino, y no la meta en sí misma, es el punto de encuentro entre los intereses organizacionales y personales; y el amor en mayúscula, el soporte del compromiso.

Si analizamos a un nivel de detalle lo que acabo de afirmar, y nos abstraemos de la empresa concibiéndola como un ser ajeno a nosotros, sea cual sea el rol que ocupemos respecto a ella; algo así como un objeto puesto en nuestras manos al que miramos desde la pureza y la libertad de quien es capaz de desprenderse, al menos momentáneamente de prejuicios, complejos o creencias más o menos enraizadas; podríamos contemplarla desde un punto de vista limpio y diferente, quizá desde un ángulo al que nunca siquiera antes, nos habíamos acercado.

Si pudiéramos entenderla, como el mayor generador de empleo, riqueza y bienestar, con una responsabilidad esencial sobre la formación y la educación de la sociedad en general…

Si pudiéramos convencernos firmemente, que en las manos de la empresa, como sin duda en las nuestras, está hacer pequeños cambios cada día para que entre todos, este mundo sea cuanto menos, más justo y equilibrado…

Si pudiéramos estar de acuerdo en que cuando uno se concentra firmemente en llegar a un objetivo, se pierde todo lo demás; la belleza del recorrido, el aprendizaje posible, incluso las oportunidades que pasan junto a nosotros sin ni siquiera verlas; y que la meta no debería ser mas que una referencia en el viaje…

Si pudiéramos tener la mente abierta a aprender y a disfrutar del camino, y a aventurarse en zonas inexploradas que inicialmente no venían en el trazado previsto, en ese viaje tan sinsentido hacia un destino que idolatramos como si fuera el único posible…

Si pudiéramos entrever que el éxito no es llegar a la meta; sino ser capaz de seguir caminando hacia ella con el corazón henchido y abiertos a la aventura, aceptando los errores, superando las dificultades, aprehendiendo y aprendiendo de ellas, y dispuestos a modificar el rumbo si la razón y el corazón así lo aconsejan…

Si pudiéramos ver en las personas el valor que tienen por sí mismas, y la multiplicación exponencial que hacen de él cuando forman un verdadero equipo, y que lo único que puede hacer navegar con cierta estabilidad a nuestras organizaciones y a nuestras vidas, son las capacidades de nuestra gente, puestas en valor en un entorno de crecimiento e ilusión.

Si pudiéramos ser capaces de confiar en las capacidades de quienes nos acompañan en nuestro viaje, eliminando la absurda burocracia de quien quiere controlarlo absolutamente todo, para dar paso a la creatividad nacida de la ilusión de quien se siente valorado…

Si pudiéramos entender que ser líder no tiene nada que ver con un cargo o responsabilidad; y que todos debemos tratar de asumir un liderazgo capaz de hacer brotar y canalizar el amor entre nuestra gente, desde una verdadera actitud de servicio hacia los demás…

Si pudiéramos ver en el trabajo una oportunidad de descubrirnos, y de vivir retos personales y profesionales; de vivir en plenitud…

Si pudiéramos concluir, que la motivación no es lo mismo que el compromiso, y que lo único que compromete de verdad es el amor en mayúscula…

Si pudiéramos creer, para crear y para crecer…

Si pudiéramos dejar de lamernos las heridas, de mirar la paja en el ojo ajeno y de creer que el cambio es responsabilidad de otros, porque poco o nada está en nuestras manos hacer…

Si pudiéramos dar cada día un pequeño, pero a la vez gran paso hacia una nueva dirección…

Si pudiéramos, querido amigo o amiga, compartir la visión particular y respetuosa hacia toda otra, de quien escribe estas líneas; quien cree en el ser humano por encima de todo lo demás, quien ve en la vida la oportunidad de descubrirse a sí mismo, de llegar a ser algún día el reflejo de su esencia más pura, y de tratar de dar lo mejor que uno pueda tener a los demás, como causa mayor generadora de energía vital…

Si todo ello fuera posible, con independencia de si usted es empresario, directivo o profesional, autónomo o asalariado; trabajador en activo o desempleado, feliz o infeliz… quizá compartiríamos una nueva concepción de la empresa y de la vida; y desde ese nuevo punto de vista, seríamos capaces de vivir y hacer vivir un nuevo reto, de descubrir nuestras capacidades más ocultas, y de ayudar a quienes nos rodean a hacer lo propio. De contribuir a hacer de nuestra empresa, o de nuestra familia o grupo de amigos, por qué no… un «Gran Equipo», ilusionado y comprometido con cuanto menos una causa mayor común: contribuir a crear espacios de crecimiento y de amor, más que conciliadores integradores, a partir de los cuales quizá todos podríamos ser un poco más felices.

Si pudiéramos estar de acuerdo, intentémoslo…

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