¿Qué es más importante la realidad en sí misma, o el modo en el que la gestionamos?.

Pondré un sencillo ejemplo. Para un niño que sale a jugar al recreo, ¿cuál es la realidad de una pelota nueva, pinchada?. Es incuestionable que la realidad es que la pelota recién estrenada está pinchada. Nadie puede decir que la pelota no está pinchada porque lo está. Sin embargo lo importante para su reciente propietario no es en sí misma esa realidad, sino cómo es capaz de gestionarla, con independencia de que la reacción espontánea ante el hecho que se ha producido sorpresivamente “la pelota nueva se acaba de pinchar” sea la que sea: contrariedad, rabia, tristeza, frustración…
A partir de ese momento lo importante ya no es la realidad, que no puede controlar y ya es un hecho en sí misma, sino la percepción de esta, los pensamientos que produce alrededor de la situación, y las emociones aparejadas a ellos en función de las cuales terminará por actuar de una manera u otra.

En este sentido, el niño puede ver en el hecho un grave problema (percepción) y desencadenar una serie de pensamientos negativos “ya no podemos jugar el partido”, “mis padres me van a castigar”, “ya no tiene arreglo, me quedo sin pelota”…, que desembocarán inevitablemente en emociones contraproducentes (frustración, ansiedad, miedo…), que sumándose a las experimentadas en primera instancia, multiplicarán su efecto devastador.

Estas emociones negativas inevitablemente le llevarán a acciones, cuanto menos, desfavorables: llorar, patalear, distraerse en clase, no hacer los deberes, enfadarse injustamente con un amigo…, que provocarán resultados perjudiciales: puntos negativos, castigo del profesor, mala nota, un aviso a los padres o un buen amigo enfadado.
Podemos con este sencillo ejemplo ver la correlación existente entre los diferentes factores que debemos aprender a manejar para una gestión eficaz de la realidad:

REALIDAD → PERCEPCIÓN → PENSAMIENTOS → SENTIMIENTOS → ACCIONES → RESULTADOS

Es evidente que no podemos pedir a un niño que gestione eficazmente su realidad, sin duda la percepción sobre el hecho es para él una amenaza y ello le llevará inevitablemente a malos resultados, pero ¿qué ocurre con los adultos?.

Veamos otro ejemplo. Hoy en día son muchas las personas que se encuentran en situación de desempleo. ¿Cómo gestionar esa realidad?. La realidad, es la que es: “estoy sin trabajo”. Pero con independencia de las reacciones espontáneas de primer orden que se produjeron en su día ante ese hecho inesperado, ¿cuál es la percepción que interesa?.

Si el sujeto que se encuentra sin trabajo ha conseguido ver en ello más allá de una amenaza inicial (no podré pagar el colegio de los niños, la hipoteca, tendré una peor calidad de vida…), una oportunidad a medio plazo (puedo encontrar un trabajo que me guste más, puedo emprender un proyecto o negocio, puedo aprovechar un tiempo para estudiar cosas nuevas, puedo mejorar a más adelante mi calidad de vida…), tiene mucho ya ganado.

Los pensamientos asociados a una amenaza producen siempre emociones contraproducentes (miedo, desesperanza, frustración…), que nos llevarán a acciones equivocadas: retirada (no acepto mí situación, niego la realidad…), parálisis (nada puedo hacer, así que espero sin más a que cambie la situación) o toma de decisiones inadecuada. Estas acciones pueden producir resultados devastadores, desembocando incluso en problemas graves de ansiedad o depresión.

Sin embargo, los pensamientos asociados a una oportunidad, producen siempre emociones positivas (esperanza, optimismo, ilusión…) que activan nuestro cuerpo y abren nuestra mente. Emociones en definitiva que nos facilitan una nueva visión, nos ayudan a proyectarnos, a fijarnos objetivos y a orientarnos a resultados. Emociones, sin duda, que abren todo un abanico de posibilidades y nos permiten desplegar todo nuestro talento, a poner en valor nuestras capacidades más ocultas, a desarrollar aún más nuestras habilidades y destrezas. Ello no puede más que traer mejores resultados.

Y es que en el fondo somos simples. Clasificamos los hechos como positivos o negativos, buenos o malos, amenazas u oportunidades. Aprovechemos nuestra simpleza para solucionar nuestras dificultades.

Suelo recordar que inteligencia, palabra que proviene del latín intelligentia, que a su vez deriva de inteligere, formado por dos términos: intus (“entre”) y legere (“escoger”), es la capacidad que todos y cada uno de nosotros tenemos para saber escoger, la mejor, entre las diferentes opciones que se nos presentan cada día.

Pues bien, utilicemos nuestra inteligencia para elegir bien y desarrollar una percepción adecuada ante cualquier dificultad. El análisis de la experiencia propia y ajena, me ha llevado a saber que detrás de cualquier realidad, hay una oportunidad, y aunque en ocasiones no llegamos a alcanzarla, sí he aprendido algo, y es que “no son los hechos, sino las actitudes con las que los afrontamos” lo que es determinante para nuestra salud física, mental y emocional, para nuestra felicidad y la de la gente que nos rodea y comparte sus vidas con nosotros cada día.

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