Dicen que hay 2 clases de personas: los astrónomos y los astronautas. Los primeros estudian la incertidumbre buscando respuestas y los segundos se aventuran en ella. Siendo ambos roles igual de dignos, admirables y necesarios, me da la sensación de que en el mundo de la empresa existen demasiados astrónomos y muy pocos astronautas.

En una sociedad que para curar su falta de creatividad, valentía y determinación, llega a tildar a los soñadores y a los aventureros de ser gente poco realista, de estar siempre en las nubes y de ser tan ingenuos como para pretender lo imposible, resulta que hoy más que nunca es cuando más les necesitamos. Y es que nos han enseñado que los sueños, sueños son. Que soñar y aventurarse es casi de locos, o cuanto menos de ingenuos. Que hay que estar con los pies en la tierra y atar bien todos los cabos antes de emprender cualquier proyecto, abordar cualquier reto o tomar cualquier decisión, aunque ello nos suponga la parálisis por el análisis o la pérdida de oportunidades que la mayoría de las veces pasan ante nosotros sin que siquiera las percibamos.

Pero solemos olvidar que gracias a soñadores y a aventureros, sabemos lo que sabemos, tenemos lo que tenemos e incluso somos lo que somos. Gente que ha superado sus miedos para adentrarse en lo desconocido, que ha imaginado desde otras perspectivas para crear nuevas visiones, que ha diseñado estrategias tan aparentemente ridículas como eficaces, que ha viajado al infinito para ver las cosas desde nadie las conoce. Emprendedores valientes que cuestionan lo establecido para remover conciencias, generar acción y provocar cambios.

En una época de incertidumbres necesitamos gente así: líderes audaces, capaces de quitarse el traje de directivo para ponerse el de astronauta. Gente que pase de contemplar el firmamento, a querer estar en él. Gente comprometida tanto con los suyos como con ellos mismos. Verdaderos líderes con espíritu emprendedor, capaces de crecerse ante las dificultades por grandes que estas sean; de asumir riesgos de forma más o menos controlada aun con esos resquicios o a veces grandes e inevitables brechas de duda que siempre quedan, y que paralizan a otros pero no a ellos mismos. Líderes capaces de hacer realidad la tan manida frase de convertir la amenaza en oportunidad; o la dificultad en desafío, la incertidumbre en esperanza, el miedo en confianza y la confianza en amor. Buenos líderes que como los mejores astronautas vivan cada día la aventura de superarse a sí mismos y de confiar por encima de todo en el valor del equipo. Líderes soñadores y aventureros capaces de ilusionar a su gente para emprender juntos un viaje hacia lo desconocido pero que a la vez promete ser apasionante.

Y es que con la globalización hemos creado un entorno sin precedentes. Un entorno de tan especiales características que nos resulta cuanto menos desconocido. Una especie de océano: global, dinámico, cambiante, sobrecomunicado, sobrerelacionado, sobredimensionado, complejo y tremendamente competitivo, al que todavía no nos hemos acostumbrado quizá porque aún no somos conscientes de que esta realidad se ha asentado en nuestras vidas y de que no tenemos más remedio que aprender a convivir con ella. Adaptarse o morir: es lo de siempre. Una especie de espacio exterior repleto de estrellas, planetas, galaxias y también agujeros negros, que permanece más en movimiento que nunca; por ahí andamos.

Pero será mejor que nos habituemos a este entorno, porque no va a cambiar. Y no me refiero al contexto pasajero de la crisis, sino al entorno competitivo más allá de ella: al tablero de juego, al océano, al espacio exterior. Un nuevo escenario que no tiene vuelta atrás. De la crisis saldremos tarde o temprano, pero con independencia de que el entorno seguirá siendo el mismo en relación a su dinamismo y complejidad. Y ello por cuanto que las especiales características que lo definen, lejos de llegar a desaparecer cobrarán todavía más fuerza. A ello contribuye el llamado efecto mariposa que con la globalización es más verdad que nunca –lo vimos con la crisis y ahora con el conflicto de los países árabes-, la constante y creciente innovación tecnológica, la diversidad implícita en el ser humano, los cambios sociales y de comportamiento del consumidor, las particularidades de las generaciones digitales, el imparable aumento del uso de las redes sociales, las jubilaciones masivas de los babyboomers, la inestabilidad política, social y económica tanto en España como a nivel internacional, entre otras muchas cuestiones que conforman el reto a superar para un país que pretende estar entre las primeras potencias del mundo y ni siquiera sabe solucionar los 2 grandes males que padece al situarse a la cola de la calidad directiva y de la productividad en Europa, pese a ser quienes más horas trabajamos. Un país que todavía no ha aprendido que gestionar y desarrollar adecuadamente el talento en las organizaciones revierte en compromiso, competencia, oportunidades, resultados y felicidad, y que aferrarse al «presentismo» característico de tiempos pretéritos y obsoletos, sólo trae falta de ilusión y de compromiso, absentismo, pérdida de oportunidades y de competitividad.

Por tanto, no se trata de esperar a que pase la crisis, de aguantar, de sobrevivir; sino de renovar nuestra visión sobre la empresa y sobre las personas, para cambiar nuestra actitud hacia esa realidad y con ella nuestro pensamiento, nuestro sentimiento y nuestro modo de hacer. Por favor, seamos audaces y metámonos de lleno en el asunto.

Este post ha sido publicado en Empresa&Finanzas.

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1 Comentario

  1. Buenas noches Nacho,hoy me he terminado tu libro, que he leido con ilusion. Me ha encantado !,desde el principio, me ha aportado,felicidad, motivacion,nuevas ilusiones y una sensacion de bienestar .de paz.Tiene valores profundos y sencillos de seguir, tenias razon,el final ha sido muy emotivo, tan lleno de sentimientos.Muchas gracias por compartir tu esperiencia con todos nosotros Y TU FORMA DE SER Un abrazo a Inma y a las niñas.nos vemos pronto.

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